El Teleférico de Kuélap [OPINIÓN]

 

¿Modelo viable para Choquequirao y Machu Picchu?

 

———————————————————————————–

 

 


TIPeando – Por: Elmer Barrio de Mendoza.

 

 

Una de las cosas que más aprecio en las personas es su capacidad para decir: ¡Me equivoqué! Probablemente -creo yo- ése sea el vértice que distingue a la gente buena de la que no lo es. Digo esto porque no podría escribir sobre el teleférico de Kuélap sin mencionar que, hasta hace menos de tres años, fui un gran escéptico respecto a su viabilidad. Hoy no me queda duda de que me equivoqué.

 

Cuando uno se equivoca debe hacer tres cosas, una tras otra, hasta alcanzar la más completa rectificación:

 

• Identificar el error, es decir que no basta admitir el error, es necesario determinar en qué y cómo se produjo para poder corregirlo a la brevedad, sin buscar responsables como primera prioridad: eso vendrá después, una vez resuelto el fallo.

 

• Compensar el perjuicio, es decir que no es suficiente con hacer bien a la segunda lo que no se hizo bien a la primera, se requiere tener claro que el error cometido provocó un inevitable perjuicio a alguien y que ese perjuicio debe ser plenamente compensado.

 

• Aprender del error, es decir que -luego de identificado el error y compensado el perjuicio- deben adoptarse todas las medidas y acciones para que ese mismo error no vuelva a cometerse. Seguramente cometeremos otros errores, pero el mismo ya no.

 

Como obviamente no se debe ganar indulgencias con avemarías ajenas, mi escaso (pero sólido) aprendizaje sobre la “cultura de rectificación” se lo debo a Berry y Parasuraman, a mi gusto los mejores teóricos sobre el marketing de servicios. De modo que usaré la misma estructura propuesta por ellos para escribir sobre el teleférico de Kuélap.

 

 

¿EN QUÉ CONSISTIÓ MI ERROR?

 

• Cuando se comenzó a proponer la alternativa de construir un teleférico para Kuélap (entre 2005 y 2006 si no me equivoco) la visita anual al monumento no alcanzaba las 12 mil personas [1].  Entonces la primera cifra estimada para justificar económicamente el teleférico era de 124 mil usuarios, diez veces más. Entiendo que, casi una década después, en el contrato de concesión el número del equilibrio económico aumentó a 140 mil visitantes cuando el flujo anual apenas se acercaba a las 40 mil personas.

 

Al primer año de operación del teleférico ese flujo prácticamente se triplicó y se puede dar por hecho que al segundo se alcanzará el equilibrio económico que se había previsto para un plazo de cinco años. De no haber alguna letra pequeña que no conozcamos, el éxito económico del teleférico estaría asegurado, así como se la responsabilidad del Estado como garante se reduciría al mínimo. 

 

• En 1997, el entonces presidente Fujimori comenzó a proponer a Kuélap como ícono turístico del norte del país. Una misión británica encabezada por Harold Goodwin confirmó en los siguientes años esta percepción y poco más tarde lo hizo el proyecto CTN [2].  No obstante, quienes visitamos Kuélap desde antes que terminara el siglo pasado, unánimemente comprendimos que era un sitio tan fascinante como frágil y que era imprescindible emprender un enorme esfuerzo de conservación.

 

Un paréntesis: recuerdo mucho que por entonces el presidente Fujimori encargaba la conducción de la visita a los comandos del cuartel Marko Jara Schenone, que se desplazaban por los muros de Kuélap cual lo harían por una ciudad en disputa previamente bombardeada. Nunca mejor aplicada la expresión “como elefante en cristalería” para describir a los comandos actuando de guías improvisados, daba ganas de llorar.

 

Fue recién por 2004 cuando el Estado destinó recursos en serio a la conservación de Kuélap. Una maravillosa coincidencia fue que, por entonces, en el norte del Perú, se había consolidado un notable equipo de arqueólogos, que aportaron extraordinariamente a ese proceso. Alfredo Narváez merece sin duda un reconocimiento especial.

 

No era claro aún si la conservación de Kuélap era compatible con un teleférico. En la duda abstente, dice un apotegma, y así me pareció que debía ser. Los hechos me han demostrado que una dosis de audacia era una mejor actitud.

 

• Finalmente, cuando ya estaba próxima a iniciarse la operación del teleférico tuve información confiable de que la carga de energía eléctrica disponible en el territorio era precaria con relación a la demanda incremental que el funcionamiento del teleférico significaba. Otra vez me pareció recomendable que se atendiera esta vulnerabilidad antes de poner en funcionamiento las telecabinas.

 

Nuevamente incurrí en pesimismo apresurado y, aunque supongo que no muchos escucharon lo que dije, prefiero también admitirlo antes que escamotearlo. Todo indica que el déficit de carga, que efectivamente existe, es atendible a corto plazo y superable a mediano plazo.

 

 

¿Y CÓMO COMPENSAR EL PERJUICIO PROVOCADO?

 

• Pecaría de fatuo y arrogante (quizá “atorrante” sería mejor, pero no acostumbro a maltratarme más de la cuenta) si afirmara que mi opinión provocó un gran perjuicio. Usualmente nadie me hace caso, pero como sí tengo una breve exposición pública en el sector turismo (algunos años más y otros menos), basta que una persona haya sido afectada o mal influenciada por mi opinión para, primero, disculparme y, segundo, para resarcirla tanto como me sea posible.

 

• Comienzo por expresar, en este punto, mi respeto a quienes fueron visionarios y apostaron por el teleférico, a pesar de mi opinión que no sé si siquiera escucharon. En primer lugar, a Ramiro Salas Bravo sin cuya decisión el proceso jamás se hubiera iniciado y en segundo lugar a Jorge Chávez Rodríguez que fue el artífice original del proyecto. Lo que siguió fue principalmente inercia. Felizmente la idea no se detuvo nunca, a veces se apagó un tiempo, pero nunca totalmente.

 

• Sin embargo, quiero detenerme un poco en un defensor a ultranza del teleférico cuando fue funcionario público y cuando no: Leoncio Santos España. Él sí padeció presencialmente mi incredulidad y creo que le debo una disculpa especial. A través de Leoncio, extiendo mis dispensas a quienes seguramente estoy pasando por alto.

 

• Felizmente he sido capaz últimamente de encomiar a varios de quienes se comprometieron con el nuevo producto-destino Kuélap. En particular a Chabuca Quiñones y a sus hijos Enrique y Javier [3].  Su apuesta empresarial enaltece al sector privado turístico. Lo mejor para ellos y para otros como ellos.

 

• No quiero decir que la vulnerabilidad del producto-destino haya desaparecido, quiero decir que -hoy- es afrontable y que no debe haber descuido al respecto. Quiero referirme particularmente a la fragilidad del monumento y a la atención permanente que requiere su conservación. Ésa debería ser nuestra principal preocupación. La adecuada gestión de la carga debería replicar el modelo de Huaca de la Luna. Ricardo Morales, entre pocos otros, debería ser convocado especialmente.

 

 

¿Y QUÉ HAY DEL APRENDIZAJE?

 

• En 1997 fui un silencioso opositor a la propuesta de teleférico para Machu Picchu. Lo fui porque asumí que afectaba la conservación del paisaje y del monumento, porque asumí que el teleférico era adicional al acceso tradicional en buses (creo que entonces era así) y que iba a ser una doble agresión al entorno.

 

En realidad, investigué poco y prejuzgué mucho. Seguí la misma ruta con relación al teleférico de Kuélap y, como ya dije, me equivoqué. No volveré a prejuzgar, ése es mi primer aprendizaje.

 

• El segundo, sin duda, es que es imprescindible comparar impactos. No cabe discusión sobre si es mejor el teleférico que los microbuses que hacían (o que aún hacen, pero cada vez menos) la ruta a Kuélap. Un teleférico, por el solo hecho de funcionar con energía eléctrica es infinitamente más amigable que cualquier formato de transporte terrestre.

 

A estas alturas del desarrollo tecnológico no hay forma de suponer que una ruta carrozable, peor aún si es asfaltada, por la que se desplazan vehículos que usan combustibles fósiles, sea más compatible con la conservación que un teleférico.

 

• Lo tercero que aprendí -es obvio pero los prejuicios impiden ver hasta lo obvio- es que los teleféricos son fácilmente reversibles y, previo corte de energía, se pueden desmontar rápidamente.

 

En Kuélap y Choquequirao, el teleférico se considera unánimemente bueno. No tendría que ser malo en ningún otro lugar patrimonial si es que está bien concebido. La objeción al teleférico en Machu Picchu a fines del milenio pasado tuvo que ver con que no era una opción excluyente frente a los buses y que podía suponer una duplicación repentina de una visita presuntamente saturada.

 

Frente a ello es bueno recordar que, en no pocos sitios patrimoniales del mundo, hay teleféricos. Baste mencionar a la ciudad de Quito o al Parque Arqueológico de San Agustín en Colombia o el Parque Nacional de Teide en España. Los teleféricos permiten ordenar la visita en estos lugares y no al revés.

 

En resumen, el mejor aprendizaje que pienso podemos obtener del éxito del teleférico en Kuélap es que la evaluación concreta y razonable es mejor que una presunción principista indemostrada.

 

Espero que este testimonio sea útil para alguien.

 

 

Elmer Barrio de Mendoza

elbardem1@gmail.com

 

————————————————————————

 

PIE DE PÁGINA:

[1] Agradezco la corrección de José Soto Lazo.
El diferencial era mucho más grande de lo que recordaba.

[2] Incremento del empleo en el Circuito Turístico Nororiental.
FONDOEMPLEO | CENFOTUR | Asociación Yanacocha.

[3] Me dice Enrique Quiñones que el elogio que me he permitido
escribir sobre la “apuesta” de VIPAC en Jaén-Chachapoyas-Kuélap
puede ser excesivo, que “las condiciones estaban dadas”.
Si él lo dice, debe ser así, pero -aún en ese caso- Chabuca,
Javier y él merecen todo el reconocimiento sectorial. También
me dice que tanto Magali Silva como Maricarmen de Reparaz
son dignas de total encomio. Suscribo sus palabras porque
no dudo de ellas, aunque debo decir que -por entonces-
ya no tenía un rol visible en el sector privado turístico y
me perdí de algunas cosas.

 

————————————————————————
  

 

 

*NOTA: Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor. Canatur no se solidariza necesariamente con las mismas.

 

 

 

 

Leave a Reply
Your email address will not be published. *